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El valor de encontrar un lugar donde poder ser

Lugar seguro terapia

Hoy, al terminar mis sesiones del día, me he quedado unos minutos pensando. Es un momento que intento darme siempre antes de cerrar la consulta. Un espacio para ordenar en mi cabeza todo lo vivido, agradecer la confianza que tantas personas depositan en mí y para recordar que, aunque cada historia es distinta, todas comparten algo….

Hoy pensé en el gran valor que tiene poder encontrar un lugar donde, por fin, uno puede ser uno mismo. Sin máscaras. Sin tener que demostrar constantemente que todo está bien. Sin medir cada palabra por miedo a ser juzgado.

Vivimos en un mundo que nos enseña muy pronto qué emociones son aceptables, y cuáles no. Aprendemos que llorar demasiado puede ser signo de debilidad, que enfadarse está mal, que sentir envidia nos convierte en malas personas, que el miedo es algo que hay que esconder o que la tristeza debe pasar cuanto antes… Y casi sin darnos cuenta, comenzamos a construir versiones de nosotros/as mismos/as diseñadas para ser aceptadas, perdiéndonos en el camino. Perdiendo nuestra esencia.

No lo hacemos porque queramos mentir. Lo hacemos porque necesitamos pertenecer a algo, a un grupo, a un colectivo, a una familia, a una pareja… buscando en ese intento adaptarse a las necesidades de los otros, olvidándonos de nosotros.

Desde la psicología sabemos que el ser humano posee una necesidad profundamente arraigada de vinculación. Necesitamos sentir que somos queridos y aceptados y sentirnos seguros dentro de nuestro grupo. Cuando, en algún momento de nuestra historia, aprendemos que mostrar determinadas emociones tiene consecuencias negativas (rechazo, críticas, abandono o incomprensión) nuestro cerebro hace exactamente aquello para lo que fue diseñado por supervivencia: protegernos.

Y esa protección muchas veces adopta forma de máscara. Una máscara de fortaleza. De perfección. De «yo puedo con todo». De sonrisas. De autosuficiencia. O incluso de indiferencia… Lo curioso es que aquello que en algún momento nos ayudó a sobrevivir emocionalmente puede terminar alejándonos de nosotros mismos.

Cuando esconder duele más que sentir

Existe una frase que aparece una y otra vez en consulta: «Hay cosas que jamás le he contado a nadie» Y casi siempre esas palabras van acompañadas de una enorme carga de vergüenza.

Pensamientos que consideran inmorales, incorrectos…

Impulsos que asustan.

Emociones que creen que no deberían sentir.

Recuerdos que llevan años intentando borrar.

Sin embargo, cuando esas experiencias encuentran un espacio seguro donde ser expresadas, empiezan a perder fuerza.

La investigación en neurociencia lleva años mostrando cómo poner palabras a nuestras emociones modifica la manera en que el cerebro procesa el malestar. Matthew Lieberman y otros investigadores demostraron que cuando etiquetamos verbalmente una emoción (por ejemplo diciendo «siento miedo», «estoy avergonzado» o «estoy enfadado») disminuye la activación de estructuras como la amígdala, implicada en la respuesta emocional intensa, mientras aumenta la actividad de regiones de la corteza prefrontal relacionadas con la regulación emocional.

En otras palabras, nombrar lo que sentimos no elimina el dolor, pero ayuda a que el cerebro deje de vivirlo como una amenaza constante. Por eso hablar y expresar, en si mismo, sana. No porque las palabras tengan magia, sino porque permiten reorganizar nuestra experiencia. Y nos permiten pasar a la acción con más claridad y recursos.

Las emociones no necesitan ser eliminadas, necesitan ser escuchadas

Muchas personas llegan a terapia convencidas de que el objetivo consiste en dejar de sentir ansiedad, tristeza o miedo. Pero desde terapia no buscamos eliminar emociones. Buscamos comprenderlas.

Las emociones son señales. Contienen información y constituyen intentos del organismo por adaptarse al entorno. Cuando las rechazamos o luchamos constantemente contra ellas suelen hacerse más intensas.

Es lo que diferentes modelos psicológicos denominan evitación experiencial. Cuanto más intentamos no pensar algo, no sentir algo o no recordar algo, más recursos consume nuestro cerebro intentando mantener ese contenido fuera de la conciencia, viviéndolo con más intensidad.

La autenticidad también se «entrena»

Ser testigo del momento en que una persona empieza a quitarse las máscaras con las que ha aprendido a protegerse es algo maravilloso.

No ocurre de golpe. Sucede poco a poco. Primero aparece una pequeña verdad.. Después otra. Y otra más… Pequeños gestos de honestidad consigo misma. Hasta que, casi sin darse cuenta, deja de hablar desde el personaje que había construido para sobrevivir y empieza a hacerlo desde quien realmente es. Y ahí ocurre algo precioso: la persona suele descubrir que aquello que más miedo le daba mostrar suele ser precisamente aquello que más necesita ser acogido.

Y es que todos tenemos contradicciones…

Podemos amar sin medida y al mismo tiempo sentir rabia hacia quien queremos.

Podemos estar agradecidos por nuestra vida y, a la vez, sentirnos muy agotados.

Podemos cuidar de otros mientras nosotros mismos necesitamos ayuda.

La mente humana es compleja y en aceptar esa complejidad hay uno de los mayores retos para encontrarse en paz con uno mismo.

Vivir con más verdad

Desprendernos de las máscaras no significa convertirnos en alguien distinto. Significa dejar de gastar tanta energía sosteniendo versiones de nosotros mismos que ya no necesitamos. Significa permitirnos reconocer nuestros límites y aceptar aquello que no podemos controlar. Mirar de frente nuestras heridas sin reducirnos a ellas y aprender a convivir con nuestras emociones sin que sean ellas quienes dirijan toda nuestra vida.

Quizá esa sea una de las mayores enseñanzas que me deja cada persona que acompaño… Que sanar no siempre consiste en dejar de sufrir. Muchas veces consiste en dejar de luchar contra uno mismo.

El privilegio de acompañar

Hay algo que nunca deja de sorprenderme: la gran capacidad que tienen las personas para reconstruirse. Lo que los psicólogos llamamos resiliencia.

Admiro profundamente cada una de las historias que llegan a consulta. Porque detrás de cada una encuentro amor, pérdidas, culpa, esperanza, miedo, ambivalencias, vínculos, duelos, deseos, heridas…

No acompaño personas perfectas, y menos mal…. Acompaño personas reales. Cada vez que alguna de ellas encuentra el valor de mostrar aquello que llevaba tanto tiempo escondiendo, no desaparece el dolor, pero deja de vivirse en soledad. Y cuando el dolor deja de sostenerse en silencio, comienza a transformarse.

Creo que ahí reside una de las mayores fuerzas de la terapia. No en ofrecer respuestas. Sino en construir un espacio donde, por primera vez en mucho tiempo, alguien pueda decir: «esto también soy yo.»

Y descubrir que, incluso ahí, sigue siendo digno, muy digno, de ser querido.

Acompañamiento Zaragoza Centro

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