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La cultura de la productividad constante. 

Estamos en la era en la que el exceso de productividad y la necesidad de mostrarnos permanentemente ocupados ya han dejado de ser un valor, para convertirse más bien en un síntoma de desequilibrio y desconexión con nosotros mismos, y así pasamos por la vida exigiéndonos cada día más, incluso mucho más de lo que realmente necesitamos.  

¿Estamos siendo conscientes de cuánto malestar nos genera esta forma de ser y estar en el mundo? 

¿Y en qué momento la presión por ser productivos se empieza a arraigar en nosotros? 

En los últimos siglos, el trabajo ha ido de la mano de un pensamiento ligado al deber moral y a la subsistencia, y al rol que cada uno tenía dentro de la comunidad. Sin olvidar que nuestro valor personal también dependía de cuánto producías.  

Con la llegada de la revolución industrial, el individuo pasa a ser pieza clave de la maquinaria del progreso, y la importancia de producir más y más se ve intensificada. El Sol y los ciclos de la vida son sustituidos por algo ampliamente conocido en nuestra sociedad actual: el reloj que marca los tiempos.  

Nuestro cuerpo comienza a formar parte de un engranaje cronometrado, medido, la vida se convierte en algo en el cual parece que el tiempo ya no nos pertenezca, y nos haya sido robado. La lucha constante por ser eficientes y productivos va reemplazando al bienestar.   

Actualmente, todo ha dado un giro mucho más sutil y profundo, estamos en la era de la autoexigencia infinita, y somos nosotros quienes nos pusimos las cadenas pensando que siendo productivos seríamos más libres. Esto me trae recuerdos de “Los hombres grises” en el libro de “Momo” de Michael Ende en donde los hombres grises robaban el tiempo a las personas, haciéndoles pensar que debían ser útiles y productivos en cada minuto del día. 

Efectos psicológicos de la presión por productividad. 

  Habitamos un mundo en el que las prisas, el ruido, la saturación… se han convertido en nuestra forma de vivir. Pasamos de una cosa a otra, sin descanso y sin prestar atención a lo que estamos sintiendo. Sin ser conscientes de que lo que es verdaderamente importante para nosotros está sucediendo por dentro.  

A nivel psicológico, una presión mantenida y constante nos va a repercutir de manera notable. 

  • Aparecen emociones como la culpa y un exceso de autoexigencia, de manera constante y aun en los momentos de descanso siempre pensamos “que deberíamos estar haciendo mucho más”. 
  • Agotamiento: esa presión mantenida nos va a llevar a experimentar un exceso de agotamiento físico y emocional. La dificultad para concentrarse en las tareas y la sensación de vacío, puede ir ligada a este estado. 
  • Pérdida del disfrute: las sensaciones placenteras van desapareciendo con el tiempo, debido a que siempre estamos persiguiendo nuevas metas que cumplir. 
  • Validación personal que va ligada a nuestro modo “hacer”, sin valorar que eres mucho más que aquello que logras. 
  • Comparación constante con estándares que marca la sociedad, o bien con objetivos que muchas veces son inalcanzables, lo cual nos origina una frustración constante. 
  • Ansiedad y estado de alerta, pensamientos que de manera intrusiva nos hacen sentir que “no estamos haciendo lo suficiente”. 

¿Por qué nunca parece ser suficiente? 

De alguna manera caemos en la trampa de la productividad infinita, que va más allá de nuestros logros. Así todo esfuerzo se siente como insuficiente. Medimos constantemente nuestra valía personal en función de lo que rendimos sin espacio para el descanso o la satisfacción personal, porque a cada meta alcanzada le está esperando otra, y entramos en un bucle en el cual nos cuesta ver el fin. 

Autores como el filósofo Byung-Chul Han (premio Princesa de Asturias 2025 en Comunicación y Humanidades) han dedicado parte de sus reflexiones a lo que él llama “La Sociedad del Cansancio”. Muy crítico con la sociedad actual y en especial con un exceso de productividad que nos desgasta y agota cada día. 

¿Hay alguna forma en la que podemos manejar la presión y equilibrar la productividad? 

Te comparto algunas estrategias: 

Nuevo enfoque mental. 

  •  Redefine lo que significa la productividad para ti. A lo mejor no es hacer más cosas, sino hacer aquello que tiene significado y sentido para ti. 
  •  La productividad no es lineal, tiene días en los que estás más enfocado y otros en los que necesitas más descanso. 
  • Pon límites al exceso de perfeccionismo. 

Regulación del estrés. 

  • Podemos sentir la presión como una amenaza. Permítete descansar sin culpa.  
  • Cultiva la autocompasión tratándote como lo harías con alguien que estuviese en tú misma situación. 
  • La escritura expresiva nos va a ayudar a procesar la carga emocional. 

Motivación: 

  • Celebra pequeñas recompensas. 
  • Visualiza tus logros. 

Higiene cerebral. 

  • Sueño reparador. 
  • Muévete, camina, estírate y libera la tensión con pequeños ejercicios.  
  • La respiración consciente sirve como medio de recuperar la calma. 

Replanteando el concepto de éxito y productividad. 

Para replantearnos este concepto, sería conveniente alejarnos de la visión que se basa en la consecución de logros que vienen de fuera, estatus social, dinero… y apostar por una visión que vaya más de la mano con el bienestar y con una dimensión más humana que ponga su centro en la persona. Teniendo en cuenta que somos seres con emociones, con ritmos propios, y vínculos personales. No somos máquinas.  

Conclusión: Hacia una productividad saludable y sostenible. 

Byung-Chul Han señala que vivimos en la sociedad del cansancio y en este tiempo ya no necesitamos ni siquiera estar explotados por otros, somos nosotros mismos los que no nos ponemos límite, pensando que nos estamos realizando. Creyendo que más trabajo es equivalente a más éxito. Y este pensamiento nos agota, nos deprime, nos genera ansiedad y falta de motivación y a veces acompañamos todo esto con un iluso exceso de positivismo. Y quizás lo que necesitamos es volver al silencio, a nuestro refugio y a la reflexión de darnos cuenta de que a lo mejor no todo es posible, que a veces no podemos con todo y también esto está bien. 

En un mundo habitado por el ruido, el silencio es un arma poderosa y significativa para reconectar con nosotros mismos. Cultivar nuestra mente cada día con ternura y amabilidad es la mejor forma de resistencia a la presión externa de la productividad. Porque evita el desgaste permanente, “del siempre más”. 

El equilibrio reside en una productividad que nos permita avanzar, que respete nuestros ciclos de creatividad y descanso. Que respete nuestros vínculos y nuestra salud. 

Un éxito que es equivalente a la paz interior y coherente con nosotros mismos, la única manera de acercarnos a nuestra libertad. 

Fuentes. 

Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (Herder, 2012).  

 


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